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La etnografía como recurso para sobrevivir a un posgrado violento.

Se presenta una reflexión acerca de cómo la etnografía sirvió como recurso para sobrevivir a un posgrado violento, cambiando la posición de “alumna” a “investigadora” por cuatro años y medio en una universidad pública de México. La primera vez fue rechazada por razones poco claras; dos años después se le invitó a ingresar. Conocía las prácticas de las y los docentes del programa, sin embargo no dimensionó los alcances. El programa se regía bajo un paradigma biomédico donde el principio era “resistir o aguantar”. El machismo era imperante, no se podían cuestionar las decisiones del coordinador ni las faltas de respeto o acoso de otros docentes, como saludos con beso a cada estudiante mujer, comentarios hirientes por razones de género que se paleaban con escotes o piel expuesta. Las docentes se legitimaban a través de prácticas más violentas y humillantes, gritos, amenazas, comunicaciones electrónicas intimidatorias y una carga de trabajo desproporcionada que se justificaba y validaba por la beca que las y los estudiantes recibían por parte del gobierno. La alumna se dedicó a recabar evidencia, hacer algunas entrevistas formales a sus compañeras y compañeros, tener largas pláticas, apoyar en situaciones complejas e incluso realizar un grupo focal. “Sobrevivir para mantener la beca” era el aliciente para aguantar; sin embargo esto restó valor a la formación, generó una percepción de “gratitud excesiva e incondicionalidad”, incertidumbre y desprotección y una sensación de insuficiencia generalizada y repercusiones importantes en la salud física; los hombres lo vivieron de una forma diferente.

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