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Violencias, deseos y afectos en el trabajo de campo en zonas rurales de México.

La posición de la etnógrafa en el «campo» es tanto de actor como objeto y esto también se refiere al aspecto sexual, «el campo como un campo sexualizado supone una complejidad mayor, con muchas aristas» (Reartes y Castañeda, 2001: 202). Un campo con muchas aristas en el que estamos desnudos, si no físicamente, si emocionalmente, en una situación de vulnerabilidad (Altork, 1995; 120). Este período «de campo», como sabemos, es necesario para la investigación antropológica y la mayoría de las veces, sobre todo las primeras, supone una especie de «ritual de paso», una catarsis, una iniciación que toda y todo antropólogo debe realizar. En la etnografía los y las investigadoras somos el instrumento de investigación por excelencia (Hamme y Atkinson, 1994: 13). Nuestro cuerpo, nuestros sentidos y nuestras emociones son las herramientas de trabajo. La antropología ha invisibilizado la importancia que tiene el que seamos sujetos sexuados, eróticos y portadores de deseo (como no trascendente en el campo) y emociones, algo básico a la hora de hacer etnografía. Una de las razones de este silencio podría deberse al desprecio que la antropología ha expresado hacia las narrativas personales y la dicotomía entre intelecto/emoción, despreciando lo emotivo por considerarlo no científico (Reartes y Castañeda, 2001: 201). Otra de las consecuencias de este desprecio ha sido el gran silencio mantenido en la disciplina acerca de las violencias, discriminaciones, intercambios afectivos y relaciones de poder en el campo. Sobre todo esto y a partir de mi experiencia personal me propongo hablar.  
(*)El autor o autora no ha asociado ningún archivo a este artículo