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El peligro de sembrar fronteras. Cuando los discursos se reproducen en forma de balas. El drama de los procesos migratorios entre México y EEUU a través del análisis de la película Desierto, de Jonás Cuarón.

La industria cinematográfica ha sido clave en abordar temáticas sociales de toda índole. Y ello ocurre de esta manera al ser el cine un producto cultural que puede ser usado como una herramienta de análisis en el estudio de procesos sociales complejos, entre los que podemos incluir las migraciones. En estos contextos de producción cinematográfica ha surgido lo que ha dado en llamarse “Cine de frontera” o de “diáspora”, que refiere a algunos géneros que abarcan una mirada a realidades situadas dentro de contextos geopolíticos, donde convergen todo tipo de interacciones humanas (de nuevo, incluidas las migraciones) En este sentido y situados geográficamente, hablar de México y EE.UU. es hablar de frontera. Carmelo Lisón en su obra Antropología de la Frontera (1994) situaba la etimología del término en su raíz “frontero”, que a su vez significa que está en frente. Esta noción es crucial para interpretar el filme Desierto, cuyo drama comienza en el momento que los otros aparecen frente a la alteridad del nosotros, ilustrando el poder de convicción que los discursos racistas en un territorio tan hostil como EE.UU. adquieren en la sociedad civil. El productor relata que cuando comenzó a escribir la trama, creía que en un futuro no tendría el mismo sentido. Tras la presentación, declara que la realidad es aún más cruda. Visualizamos la dimensión total-global de los procesos migratorios, interdependientes a los cambios políticos, económicos, sociales y culturales de los contextos en los que se desarrollan
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