Cultivando maíz, creciendo niñitos: relacionalidad y cuidado en la agricultura como resistencia a los regímenes agro-políticos del Capitaloceno.

Los cultivos genéticamente modificados son un ejemplo emblemático de la intervención humana sobre la vida y el entorno en el Capitaloceno, ya que no sólamente suponen la manipulación de ADN vegetal en laboratorios, sino que además (a) definen un tipo de agricultura altamente gobernada través de discursos científicos, políticas agrarias y de desarrollo rural e intereses económicos de las agro-industrias; y (b) deciden qué vidas vegetales (semillas transgénicas o semillas nativas) y humanas (grandes agricultores industrializados o pequeños productores tradicionales) tienen la legitimidad de existir (Fassin 2009).  En contraposición al régimen biopolítico impulsado por la agricultura transgénica, existen otros modos de entender y hacer en el cultivo de plantas alimentarias. Los pequeños agricultores tradicionales de la cuenca del lago de Pátzcuaro, en México, sienten al maiz nativo como un agente social, una persona no humana, emparentado con los humanos e intra-relacionado (De la Cadena 2015) con ellos en un proceso continuo de co-creación mutua, en donde personas y maíces se hacen unos a otros a través del trabajo colaborativo en relaciones de cuidado. Los microprocesos que intervienen en la repetida emergencia de personas y maíz tienen muchas similitudes con procesos que aparecen en la crianza de niños, en donde madres e hijos también se co-producen a través de modos de relacionalidad pivotados sobre el cuidado. Además, el cultivo relacional y el cuidado de los maíces tradicionales se podría entender como una forma de resistencia activa no solo a otros modos de agricultura sino también a regímenes biopolíticos impuestos.


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