“¡BUENO MUJER, TOTAL POR UNA COMA…!” O “¡ANDA! Y ESTO… ¿QUÉ MUESTRA ES?”

Me referiré a los años en que formé parte de un equipo pluridisciplinar en el Instituto de Educación del Ayuntamiento de Barcelona. Entre otras muchas tareas, todas las que formábamos el equipo teníamos encomendadas acciones de asesoría y acompañamiento al profesorado. Todas coordinábamos grupos de docentes de distintas etapas educativas, interesados en impulsar proyectos transversales en sus respectivas realidades escolares, para la mejora de la calidad educativa. Este interés se financiaba y acompañaba desde el Ayuntamiento en los primeros años del siglo XXI estimulando cientos de iniciativas entre los años 2000 y 2005. Cada una de nosotras se encargaba de una temática específica vinculada a su especialización profesional y trabajábamos en equipo, de manera consensuada en términos metodológicos, con acuerdos muy elaborados en el terreno de los objetivos, las justificaciones y los procesos. Nos entendíamos bien. Casi siempre. Durante mi experiencia profesional en este equipo plural, y a pesar del buen entendimiento y ambiente de trabajo que compartí con mis compañeras a lo largo de los seis años, hubo momentos en que se cuestionó más o menos frontalmente la manera como llegaba a conocer y a comprender las realidades con las que trabajábamos o las propuestas que podía sugerir cuando iban a contracorriente de las expectativas generales. El hecho de matizar las afirmaciones que escribíamos o formulábamos dándole un lugar a todas las excepciones y a todas las expresiones de la variedad, con las consiguientes dificultades para concluir generalizando. El hecho de ahondar en las razones de los profesionales con los que trabajábamos, de aceptar sus lógicas y criterios de actuación sin dudar, de escuchar y comprender sin juzgar sus opiniones y argumentos se confundía con aceptarlos y se vivía con cierto malestar. La mayoría de las veces la presión por tener un informe escrito con algunas conclusiones sobre los proyectos que supervisábamos, la necesidad de trabajar rápido y poder sumar resultados, establecía tiempos escasos para la reflexión interdisciplinar, exigía apresurarse y se convertía en un ejercicio implacable de impaciencia. “¡Bueno mujer, total por una coma…” o bien “¡Anda! Y esto… ¿qué muestra es?… ¡si solo hay tres que no lo hacen, pues ya está!”, dicho con todo el cariño del mundo, pero dicho. Cuando podíamos hablar entre nosotras y escucharnos, solían entenderse bien las razones de cada cual y las distintas perspectivas con las que nos acercábamos a los mismos casos, pero en general, no teníamos tiempo. Y en ese marco de limitaciones cotidianas una coma es una nimiedad y no se necesita encontrar más problemas de los que ya se tienen o se percibe tener. Además, la comprensión con la que se acaba una reunión, luego, al día siguiente, se desvanece al cerrar el informe de turno para mostrar lo que se ha avanzado. De ese modo la coma o los tres que no lo hacen, con toda la significación que tienen, también se desvanecen. Y el quehacer antropológico, aunque persista al desvanecimiento momentáneo, se resiente.


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